La Intimidad

Claudio Billi
Mayo 2021

Intimidad deriva de la raíz latina «intra» (interior, intimus); de la etimología se desprende también como referencia a una dimensión que implica una interioridad profunda.

La intimidad sería, por tanto, un contacto en primer lugar con la propia interioridad profunda; si podemos experimentar este contacto, evidentemente también es posible buscar el contacto con la experiencia profunda del otro y abrir nuestra propia experiencia profunda al otro.

El problema es que el contacto con la Interioridad se realiza ante todo a través del silencio y la quietud, dimensiones que faltan en la época contemporánea, ya que son fundamentalmente experiencias contemplativas y no práctica.

Sigo sorprendiéndome al descubrir cómo la psicología académica sigue descuidando hoy en día experiencias tan básicas como la intimidad, relegándola a menudo a poco más que una parte de la experiencia sentimental de la pareja, cuando en realidad podríamos decir que es quizás el requisito fundamental para conocerse a uno mismo, así como para formarse en la relación de ayuda; saber estar a solas, no con el iphone, sino con uno mismo, sería por tanto la mejor formación aconsejable para quienes deseen comenzar a formarse como terapeutas.

En efecto, para acompañar al otro en un viaje interior de autodescubrimiento, es necesario primero saber acompañarse a sí mismo en la exploración de las propias experiencias emocionales y recuerdos; es decir, tratarse íntimamente, saber hablar con la propia voz interior.

El diálogo interior se convierte así en la puerta de entrada a la conciencia, mientras que el distanciamiento de uno mismo es probablemente la principal fuente de malestar y sufrimiento.

Al igual que Dante necesitó a Virgilio para que le acompañara en su viaje desde los infiernos al paraíso, el viaje hacia el interior de uno mismo necesita acompañamiento, que, cuando no lo hace el terapeuta, también puede ser estimulado por uno mismo, siempre, no obstante, que se haga con una actitud comprensiva y compasiva: un estímulo indispensable para explorar los lados oscuros más difíciles del propio carácter.

En definitiva, sería necesario tratarse con amabilidad, tener una actitud de genuino interés por uno mismo, suspendiendo el juicio y la crítica al menos por un momento, para que la narración de uno mismo brote desde esa mínima distancia que ayuda a tener mayor objetividad.

«Aprender a ver» sería, según Nietzsche, «la primera instrucción en espiritualidad»[2]: habría que aprender «a no reaccionar inmediatamente ante un estímulo»; la falta de espíritu, la mezquindad, se basaría en la «incapacidad de resistir un estímulo», de contrarrestarlo con un «no». Reaccionar inmediatamente y seguir cada impulso sería ya una enfermedad, una decadencia, un síntoma de agotamiento.

La contemplación requiere intimidad y la intimidad requiere contemplación: una intimidad con uno mismo que haga posible la intimidad con el mundo. Mirar la realidad exterior con los ojos de un niño que la mira por primera vez; así como una intimidad con el otro, que no da por sentada la diferencia, que permanece abierta a la maravilla y al asombro. Como dice Levinas, encontrarse con un hombre es «no dejarse dormir por un enigma» [3]: el amor, por citar de nuevo a Byung Chul Han, presupone siempre una alteridad: cuando toda dualidad se extingue, el Yo se ahoga.

Y la intimidad, como reza el hermoso título del libro de Françoise Jullien [4], es una dimensión «alejada del estruendo del Amor».

[1] Byung Chul Han, Eros en agonía, Ed. Nottetempo, Milán, 2019.

[2] F.Nietzche, El crepúsculo de los ídolos, Opere, Adelpphi, Milán, 1972.

[3] E.Levinas, Alterità e trascendenza, Il Melangolo, Génova, 2006.

[4] F. Jullien, Sobre la intimidad. Lejos del estruendo del amor, Raffaello Cortina Editore, Milán, 2014.

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